En la ciudad empezaron a poner a dieta a los oficiales de tránsitos, no podía de la risa al pensar en tan rechonchos señores trepados en sus motos, ahora imaginándomelos en forma, bien cuadrados, levantando suspiros entre las regiomontanas que los verán pasar por sus calles. Sería interesante ver algo así.
Y al imaginarme la idea me pregunte si a caso algo cambiaría en su reputación, en como los conocemos: pidiendo mordidas a diestra y siniestra, buscando la manera de sacar algo de dinero extra con corrupción, etc. Concluí en una negativa. Pensé que aunque podemos cambiar el exterior, su corazón es la raíz del asunto principal, de sus acciones, de cómo se les conoce y de su manera de conducirse.
El otro día platicaba con un amigo acerca de la obsesión que algunas personas tienen con sus mascotas, le comentaba que hace años había visto a una señora cruzando corriendo una avenida muy transitada en la ciudad persiguiendo a su ‘chihuahua’, quien escapaba -con mucha razón- de ella. La mujer no observó si en ese momento podía o no cruzar, ella sólo corrió tras su bebé. Algunos autos patinaron, otros casi chocan entre ellos para evitar atropellarla y yo que veía solamente levante mis hombros esperando lo peor de esa escena. Ya que lo alcanzó, volvió a cruzar entre los autos que detenidos en lo aparatoso ondeaban sus manos hacía ella, entre gritos eufóricos que realmente no alababan el hecho que ella pudo atrapar a su perrito ni mucho menos. Ella ni se inmutó.
Hace tiempo jugaba basquetbol en un equipo con el que pudimos llegar hasta la final. Sin embargo, mientras jugábamos los ánimos se comenzaron a calentar y empezaron a marcarse más faltas de lo normal. Uno de mis compañeros justo para pasar la pelota decidió cambiar el pase fuertemente hacía la cara del jugador del otro equipo que lo cubría. Se agarraron a golpes en los que decidí no participar, sino tratar de calmarlos sin mucho éxito. El juego se suspendió, ganando el otro equipo.
Y para nada la solución será poner en forma física a nuestros oficiales, o llevar a terapia a mujeres que proyectan su soledad en mascotas o cosas materiales, ni mucho menos dejar de jugar con equipos más agresivos para no alterarnos. No. Ningún intento exterior podrá ejercer alguna motivación interna para cambiar el corazón de un hombre que ha aceptado que ‘sin tranza no avanza’ o podrá darle paz a una mujer que canaliza sus tristezas en obsesión hacía su perrito, ni podrá convertir jugadores alterados en relajados competidores.
La causa esta en el corazón.
Donde crece la avaricia, donde se alojan los miedos, donde crece la desesperación.
Así que aunque se estimulen a las personas a través de ideas, objetos y juegos, si jamás deciden en su corazón cambiarse a ellas mismas seguiremos viendo los mismos conflictos día tras día. El dedo no se apunta hacía aquellos en problemas, sino hacía quien vemos en el espejo cada mañana, para considerar nuestro corazón, nuestra tolerancia, flexibilidad y entendimiento. Para ser mejores para nosotros mismos. Cediendo a causa de algo más grande. Entendiendo que cada fricción es una oportunidad que nos brinda Dios para conocer quien realmente somos al percibir nuestra respuesta ante eso.
Leía una frase que decía: “Cuando veas a un hombre grande, trata de emularlo, y cuando veas a uno malo, considérate a ti mismo”.
Qué este nuevo año seas un mejor tú, para ti, alumbrando en tu caminar a otros.
Y al imaginarme la idea me pregunte si a caso algo cambiaría en su reputación, en como los conocemos: pidiendo mordidas a diestra y siniestra, buscando la manera de sacar algo de dinero extra con corrupción, etc. Concluí en una negativa. Pensé que aunque podemos cambiar el exterior, su corazón es la raíz del asunto principal, de sus acciones, de cómo se les conoce y de su manera de conducirse.
El otro día platicaba con un amigo acerca de la obsesión que algunas personas tienen con sus mascotas, le comentaba que hace años había visto a una señora cruzando corriendo una avenida muy transitada en la ciudad persiguiendo a su ‘chihuahua’, quien escapaba -con mucha razón- de ella. La mujer no observó si en ese momento podía o no cruzar, ella sólo corrió tras su bebé. Algunos autos patinaron, otros casi chocan entre ellos para evitar atropellarla y yo que veía solamente levante mis hombros esperando lo peor de esa escena. Ya que lo alcanzó, volvió a cruzar entre los autos que detenidos en lo aparatoso ondeaban sus manos hacía ella, entre gritos eufóricos que realmente no alababan el hecho que ella pudo atrapar a su perrito ni mucho menos. Ella ni se inmutó.
Hace tiempo jugaba basquetbol en un equipo con el que pudimos llegar hasta la final. Sin embargo, mientras jugábamos los ánimos se comenzaron a calentar y empezaron a marcarse más faltas de lo normal. Uno de mis compañeros justo para pasar la pelota decidió cambiar el pase fuertemente hacía la cara del jugador del otro equipo que lo cubría. Se agarraron a golpes en los que decidí no participar, sino tratar de calmarlos sin mucho éxito. El juego se suspendió, ganando el otro equipo.
Y para nada la solución será poner en forma física a nuestros oficiales, o llevar a terapia a mujeres que proyectan su soledad en mascotas o cosas materiales, ni mucho menos dejar de jugar con equipos más agresivos para no alterarnos. No. Ningún intento exterior podrá ejercer alguna motivación interna para cambiar el corazón de un hombre que ha aceptado que ‘sin tranza no avanza’ o podrá darle paz a una mujer que canaliza sus tristezas en obsesión hacía su perrito, ni podrá convertir jugadores alterados en relajados competidores.
La causa esta en el corazón.
Donde crece la avaricia, donde se alojan los miedos, donde crece la desesperación.
Así que aunque se estimulen a las personas a través de ideas, objetos y juegos, si jamás deciden en su corazón cambiarse a ellas mismas seguiremos viendo los mismos conflictos día tras día. El dedo no se apunta hacía aquellos en problemas, sino hacía quien vemos en el espejo cada mañana, para considerar nuestro corazón, nuestra tolerancia, flexibilidad y entendimiento. Para ser mejores para nosotros mismos. Cediendo a causa de algo más grande. Entendiendo que cada fricción es una oportunidad que nos brinda Dios para conocer quien realmente somos al percibir nuestra respuesta ante eso.
Leía una frase que decía: “Cuando veas a un hombre grande, trata de emularlo, y cuando veas a uno malo, considérate a ti mismo”.
Qué este nuevo año seas un mejor tú, para ti, alumbrando en tu caminar a otros.

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