La miopía de los demás nos molesta, aquellos que olvidan ver más allá que sus propias ideas que en conversaciones el receptor las siente tan fuertemente impuestas. Vehementemente peleadas, ideas de antaño que nunca fueron evaluadas. Que aunque no eleven a nadie son la costumbre, son lo que siempre hubo, lo que tengo y aunque no entiendo si las cambio qué si de pronto al continuar me confundo o me pierdo.
Ruidos naturales o auto-impuestos, porque lo que quiero siempre combate con lo que necesito, y en este argumento el deseo nos deja en un insaciable vacío. A quién entonces escuchar, a quién dirijo mi próximo sufijo. Son los dilemas, entre lo que deseo y lo que a mi ser sé darle necesito.
En donde descansar pues, como caminar con tanto percance, de tareas inmediatas y de urgencias que cansan y fatigan el alma, cómo ver más allá y prepararme para el futuro, cómo llegar hasta lo que anhelo con la conciencia clara que lo que hago hoy es lo que siembro para el mañana. Cómo romper las cadenas que me detienen al constante hoy, que me grita, que me urge, que me detiene a donde estoy. Cómo verme en el espejo del después si vivo ocupado y con tanto estrés.
Y el sueño terminó y no fue respuesta, el descanso en alguna isla, en alguna película o frente alguna idea no dio solución a mi conciencia, sino que sólo albergó más molestia, incansable y turbia incoherencia. Desgasto en la apariencia, la verdad es que somos soldados heridos, almas cansadas que nunca fueron sanadas con algo de vino, humanos sentimentales con el constante decidir en como uso mi albedrío. Y mientras más pasa el tiempo lo que anhelo más lejos lo percibo.
Quiero aire más no para solamente respirar sino para sentirme vivo, algo que haga latir mi corazón como cuando en una aventura me involucraba de chico, atrapar alguna idea de paz y aceptarla, tomar algún avión, comenzar una nueva jornada. Besar a alguien en serio y comenzar a ser como en mi sueño algunas veces me observo.
Sin embargo siento que si yo fuera auto no lo estoy bien conduciendo, que tengo algunas llantas sin aire y la gasolina pronto la voy consumiendo. Y es que nadie me explicó como se debía manejar. Aunque quizás… aquel hombre que me regaló éste auto, esta vida, con las manos cicatrizadas y con la apariencia de algunas heridas, algo más en mi puerta en su silencio decía. Quizás en su mirada de paz y en su significante sonrisa a sentarme junto a él en el auto sugería. Quizás me apresure a tomar en mis propias manos la vida, quizás si regreso a él será diferente mi día. A lo mejor todo es como se suponía, entender que su amor me llevará a un mejor lugar y cambiará toda esta melancolía, porque tanto ruido es un dolor que va consumiendo mis días.
por Gerardo Guerra Rosas













