La princesa, la niña de papá

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La pequeñita de papá, la princesa de la casa; la niña que con una hermosa sonrisa paraba el cansancio del hombre quien más la amaba, quien al darse vueltas con su vestido nuevo él soñaba castillos para ella edificar, para que viviera su historia y la magia hiciera lo demás.

Sus ojos aún brillan al verla pasar, y es que su amor sigue firme, si fuera posible por ella daría la vida sin titubear, pues es su princesa, la niña de papá.
Sabe él bien sus temores, lo que ella enfrentará, las dudas de si es hermosa, valiosa para que un guerrero pueda su corazón conquistar. Amaría verla sonriendo, jamás verla llorar, pero es parte de la vida y él no sabe si podrá esto soportar. Y es que ella es su princesa, la niña de papá.

Los ojos del viejo se mojan al solo recordar, es difícil comprender que ahora ella es una mujer y que sola camina ya. Que muchos anhelan su belleza pocos su corazón compartirán. Que muchos verán su porte sin distinguir aquello que el conoce como nadie más. Que ella es una princesa, la niña de papá.

Sus luchas quisiera evitar, construirle castillos y saber que la aman sin igual. Sin embargo él calla, y mal interpretado será. Su corazón sigue pendiente de ella, aunque hoy la deja volar. Cómo sabrá ella con toda su hambre de palabras que es el orgullo de papá, no por lo que ha hecho, sino solamente porque ella sigue y seguirá siendo su princesa, la niña de papá.



Habla que yo escucho...

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Habla, que yo escucho,

Toma mi mano, que yo te sigo,

Dime tus palabras y que pasen los años

Pues el dolor esta cerca, sin ti el quebranto.


Hazme oír gozo y alegría,

Que mis huesos lo sientan.

Vibrar ante tus ojos, deleitarme en tu presencia.

Como los que te escucharon humano,

como los que te vieron tan cerca

Los que te conocieron muriendo.

Y muriendo les prometiste vivir a tu diestra.


Habla, pues, que yo escucho

Toma mi mano, que yo si te seguiré

Dime tus palabras, no importa el tiempo

Dejare todo, todo, todo y junto a ti caminaré.

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