Un cuento diferente... muy diferente

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Y la princesa subió al castillo, peleó con el dragón y rescató a su bello príncipe... espera, ¿qué no era al revés?


La lógica de la razón no cabe cuando el corazón ya decidió hacer algo, cuando se aferró a mantenerse en la línea por aquello a lo que emocionalmente se ha ligado. Aunque el resultado de la ecuación sea el equivocado e incluso se haya escrito en papel, cuando el corazón se resuelve a hacer algo es como encontrar una osa a quien sus cachorros robaron.


Puedes divisar la tragedia aunque se usen sonrisas y voz tan tierna. Pudieras pensarlo normal por tantos príncipes que claudicaron, tantos que se atemorizaron y nunca más pelearon, el que la princesa tome en sus manos la pelea. Quizás encontrarás un buen corazón dándole dinero al hijo prodigo en el momento que todo gastó, pero entonces la historia pasaría de redención a una terrible decepción.

Lo que pudiera ser el tiempo ideal para que el príncipe reflexione y encuentre en su soledad fortaleza al recordar tan inigualable doncella, se escribe diferente cuando ella toma el mando en sus manos al dispararle al dragón, quien allí hubiera probado la hombría del guerrero y su satisfacción eterna en ella. Aquello que pareciera ser un acto bondadoso para el hijo prodigo que gasto neciamente todo, terminaría en una peor destrucción, donde él jamás meditaría en su error.


Y entonces discutimos contra aquellas historias que de niños nos contaron, las creemos falsas y optamos por una nueva, aunque nunca hayamos escrito y descabellado parezca. El error no estuvo en la historia, sino en nuestra obstinada mal traducción, de olvidar esperar y ser engañados una vez más por nuestro propio corazón.


Así, pasaron los años...


Hasta que al despertar un día de la manera que más temías te das cuenta que el error fue escuchar un corazón que no supo escuchar a su Creador.


...pero una vez más, lo escribo con la razón.