Leí que los niños se acercaban a ti con tal ternura, que la mujer enferma tocó tu ropa en tu premura, te detuviste y la miraste con dulzura. Se narra que en tu misión de amor tocaste muchas vidas y elegiste a algunos para compartirles momentos únicos de tu vida. Les llamaban tus discípulos, los escogiste aún cuando en su ciudad no eran considerados los más inteligentes, los más asertivos; los viste en su infeliz condición, los invitaste en tu caminar, los llamaste amigos.
Se dice que un hombre ciego grito tu nombre cuando pasaste por su camino, te detuviste y le preguntaste que deseaba de ti como un amigo. Pudiste mostrarte grande, al instante sanarlo, hacer algo espectacular para que fuera nombrado, pero decidiste escucharlo, detenerte y profundamente tocarlo.
O aquella vez que tomaste agua y la convertiste en vino, para no detener la fiesta de bodas que se comparaba a tu amor mismo. Cuando intentaban prenderte para matarte sanaste la oreja de tu propio enemigo, y en el momento más doloroso perdonaste, olvidaste, aunque sentiste lo fuerte de los clavos, la sed y el odio del gentío, seguiste en la cruz para que yo pudiera vivir la eternidad contigo. Te levantaste para que no solo conociera tu momento más humillante, sino también el más grandioso, regresando victorioso, regresando vivo.
Hoy muchos hablan en tu nombre, proclaman conocerte en serio, se visten de ropas largas, algunos gritan en las plazas mientras otros tocan la puerta de mi casa con su rostro tan serio. Encontré otros cantando, decían hacerlo para ti, pero se mostraban tan molestos cuando su disco salio pirata y mejor me fui. Escuche el lenguaje de otros que sonaba tan religioso, tan bíblico, pero sentí más honestidad con mi amigo el ateo que con su líder mismo. Así que seguí, busque alguno, donde pudiera verte o siquiera vislumbrar tu amor mudo, verlo alimentando a un huérfano o visitando la viuda de la casa donde se cae la puerta y se despinta el muro.
Pero al final te encontré, te encontré en la paz de un chico que moría por cáncer terminal, solo en un hospital, en la canción de una niña pequeña que le platicaron tu historia, que en tu verdad comenzó a soñar. Te mire de cerca en la mesa agradecida por algo de arroz, agua y tortillas. Te vi en el humilde, en quien se dolía, quien mantenía la esperanza porque tu verdad creía, te toque en mi debilidad cuando más incapaz me sentía, percibí tus brazos cuando aunque sin nadie a quien acudir tú llegaste tan real como las historias que de niño mi madre me leía.
Jesús camina contigo…
paz