Las historias se narran así, como tu lees, como tu cantas, como tu te despiertas y te vas a la cama. Somos Cuentacuentos de historias de otros que desearíamos protagonizar, quizás con diferentes personajes y detalles mágicos que la hagan excepcional.
Escribimos los párrafos de nuestra historia creyéndola cuento, nos arriesgamos, nos atrevemos. Olvidamos las consecuencias que lastiman, y que hay ficción que con lagrimas termina.
Comparamos lo que somos y lo que pudiéramos ser, no con sueños, sino con el descontento de hoy por lo que se nos dice debiéramos tener. Lo que nos haría felices, lo que si tuviéramos todo sería completo. Y escribimos nuestra historia en un interminable lamento. Porque la felicidad de nuestro compañero es nuestro sueño, y su sueño no lo conocerás porque lo llora por dentro.
Y es cuándo nos alejamos a lo verde y al espacio donde no se exige que somos realmente felices. Cuando recordamos que venimos sin nada y sin nada nos iremos. Al momento de recordar que los que murieron nunca desearon más dinero hacer, sino estar con aquellos que amaron más de una vez.
Sin embargo el ruido es constante y la presión interesante. La apariencia de éxito en cuánto más tú posees que él y si él no tiene es quizás por su falta de quehacer. Olvidando el ámbito espiritual dónde mientras más pobre te reconoces más rico serás. Dónde mientras más dependiente de los besos celestiales, más afortunado vivirás, descansando en delicados pastos y junto aguas de reposo paz experimentaras. Porque tu verdadero éxito no viene de cuánto puedes obtener, sino a cuánto puedes renunciar para ver algún día cara a cara a quien te amo sin esperar nada más que verte cada mañana amanecer.
